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CONSECUENCIAS DE LA VIOLENCIA VICARIA EN LAS MADRES

Miedo sostenido, culpa impuesta, agotamiento y aislamiento. Qué le ocurre a una madre que sufre violencia vicaria y qué la ayuda de verdad.

Por Stop Violencia Vicaria

Publicado el

Revisado por Equipo editorial de Stop Violencia Vicaria — Revisión editorial ()

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  • salud mental
Heptágono con un corazón en el centro, cercado por arcos concéntricos que se cierran sobre él

Cuando se habla de violencia vicaria suele describirse lo que hace el agresor. Se nombra menos lo que ocurre después en la mujer a la que iba dirigido ese daño: cómo cambia su forma de dormir, de trabajar, de relacionarse y de mirar cada entrega de sus hijas e hijos.

Este artículo describe esas consecuencias. No para etiquetar a nadie ni para convertir el sufrimiento en un diagnóstico, sino porque muchas mujeres llegan a pensar que reaccionan «de forma exagerada» cuando, en realidad, están respondiendo a una amenaza real y sostenida en el tiempo.

Un daño diseñado para no terminar

La violencia vicaria utiliza el vínculo más importante de una mujer como vía de agresión. Eso tiene una consecuencia específica: no puede evitarse alejándose. Mientras existan comunicaciones, entregas, recogidas, decisiones sobre salud o escolarización, el contacto continúa.

Por eso el daño no funciona como un episodio con principio y final, sino como una presión prolongada. Cada llamada, cada mensaje y cada cita puede reactivar el miedo, aunque desde fuera parezca un trámite ordinario. Las formas que adopta esta violencia explican por qué el desgaste se acumula en lugar de disolverse.

Qué dicen los datos disponibles

España todavía no dispone de una estadística oficial que mida específicamente cuántas mujeres sufren violencia vicaria ni con qué consecuencias. Sí existen datos sobre la violencia de pareja en general, que ayudan a dimensionar el impacto, con la cautela de que no son cifras del fenómeno vicario.

Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2024, presentada por el Ministerio de Igualdad el 3 de diciembre de 2025:

  • El 30,3 % de las mujeres residentes en España ha sufrido al menos un tipo de violencia por parte de una pareja o expareja.
  • El 73,5 % de las mujeres que ha vivido violencia física, sexual o emocional de la pareja declara consecuencias psicológicas derivadas de esa violencia.
  • La probabilidad de haber tenido intentos de suicidio es casi once veces mayor entre las mujeres que han sufrido violencia física o sexual de la pareja que entre las que no la han sufrido.
  • Se estima que entre 1.197.360 y 1.824.875 personas menores de edad vivían en hogares donde la mujer estaba sufriendo algún tipo de violencia en la pareja.

Que falte una medición específica no significa que el daño no exista: significa que todavía no se cuenta bien. Es una de las carencias que la asociación viene señalando en su trabajo de investigación e incidencia.

Vivir en alerta permanente

La consecuencia más descrita por las mujeres acompañadas por entidades especializadas es la hipervigilancia: estar pendiente del teléfono, anticipar la próxima maniobra, revisar el calendario con anticipación y preparar cada comunicación como si fuera a usarse en su contra.

Ese estado sostenido tiene efectos conocidos sobre el sueño, la concentración, la memoria y el apetito. También explica reacciones que después se malinterpretan: la mujer que llega tensa a una entrega, la que graba una conversación, la que responde con demasiada rapidez o la que evita cualquier contacto. No son rasgos de personalidad, son respuestas a una amenaza.

La culpa que se instala y no le corresponde

Muchas madres describen una culpa persistente: por no haberlo visto antes, por haberse separado, por no haberse separado, por lo que sus hijas e hijos están viviendo. Esa culpa suele estar alimentada activamente por el agresor y, en ocasiones, reforzada por comentarios del entorno o por la propia dinámica de los procedimientos.

Conviene decirlo con claridad: la responsabilidad de la violencia es de quien la ejerce. Ninguna decisión de una madre —separarse, denunciar, no denunciar, pedir ayuda o esperar— convierte en suya la conducta de otra persona.

El desgaste de sostenerlo todo a la vez

A la carga emocional se suma una carga material que rara vez se nombra. Reunir documentación, pedir citas, ausentarse del trabajo, buscar quién recoja a los niños del colegio, pagar informes o desplazamientos: la vida se reorganiza alrededor de la protección y del procedimiento.

Ese esfuerzo tiene consecuencias económicas y laborales reales —reducciones de jornada, pérdida de oportunidades, gastos imprevistos— y consume el tiempo y la energía que harían falta para recuperarse. Muchas mujeres describen que no tienen «espacio mental» para nada más.

Cuando la red se estrecha

El aislamiento no siempre llega por decisión propia. A veces se produce porque el entorno se cansa, porque no entiende lo que ocurre o porque prefiere no tomar partido. Otras veces es la propia mujer quien deja de contarlo, para no exponerse a la desconfianza o para no arrastrar a quienes la rodean.

El resultado es el mismo: menos apoyos justo cuando más se necesitan. Por eso las personas cercanas tienen un papel concreto, que hemos desarrollado en qué puede hacer el entorno.

El daño irreversible

En su manifestación extrema, la violencia vicaria termina con la vida de las hijas e hijos. Según la ficha estadística de menores víctimas mortales de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, 68 niñas y niños han sido asesinados por violencia de género en España desde el 1 de enero de 2013, fecha desde la que se contabilizan oficialmente como víctimas.

No mencionamos esa cifra para generar miedo, sino porque explica por qué las madres que denuncian amenazas piden que se las tome en serio: para ellas, la posibilidad más grave no es una hipótesis lejana. El impacto sobre la infancia lo abordaremos de forma específica en un próximo artículo.

Recuperarse no es cuestión de fortaleza individual

No hay una respuesta emocional «correcta» ante esta violencia, ni un plazo razonable para dejar de tener miedo. Lo que sí marca diferencia, según la experiencia de las entidades especializadas, es tener apoyo profesional sostenido, información clara sobre el procedimiento y personas alrededor que no cuestionen el relato.

Pedir atención psicológica no es admitir debilidad ni «dar la razón» a quien afirma que la madre está inestable. Es una medida de cuidado ante un daño real. El 016 ofrece atención psicosocial inmediata las 24 horas, es gratuito y no hace falta haber denunciado; ante peligro inmediato, el número es el 112. En ayuda y recursos están reunidos todos los canales.

Lo que debería cambiar

Stop Violencia Vicaria es una asociación especializada en violencia de género vicaria que acompaña a víctimas, investiga y trabaja para mejorar la respuesta institucional. Desde ese trabajo señalamos tres carencias que agravan las consecuencias descritas aquí: la falta de datos específicos, la escasez de atención psicológica sostenida y gratuita, y la revictimización que se produce cuando una madre tiene que demostrar una y otra vez lo que está viviendo.

Nuestras demandas en esta materia están recogidas en el manifiesto de la asociación, impulsado desde la presidencia de Andrea Cabezas Mateos, jurista especializada en violencia de género, infancia y derechos humanos.

Si estás reconociendo aquí tu situación, puedes empezar por entender el marco general en violencia vicaria o escribirnos desde contacto. No hace falta tener las ideas ordenadas para pedir ayuda.

Esta información es general y divulgativa. No sustituye el asesoramiento jurídico, psicológico o sanitario profesional.

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