Infancia

CONSECUENCIAS DE LA VIOLENCIA VICARIA EN NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES

Qué le ocurre a la infancia atrapada en la violencia vicaria: salud, escuela, vínculos y riesgo. Con datos oficiales y sin convertir el riesgo en destino.

Por Stop Violencia Vicaria

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Revisado por Equipo editorial de Stop Violencia Vicaria — Revisión editorial ()

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Heptágono grande con la silueta de una persona adulta y, debajo, dos heptágonos pequeños con siluetas infantiles, cubiertos por un arco de puntos y con una planta creciendo entre ellos

En la violencia vicaria se repite una idea que hay que desmontar cuanto antes: que las hijas y los hijos son el medio y la madre es la víctima. En términos de daño, eso es falso. Quien recibe el control, la manipulación, el miedo o la agresión es un niño, una niña o un adolescente concreto, y lo recibe directamente.

Este artículo reúne lo que sabemos sobre ese daño con datos oficiales, y evita algo que aparece a menudo en los textos divulgativos: presentar el riesgo como si fuera un destino.

Qué dicen los datos oficiales, y qué miden exactamente

La fuente estatal más completa sigue siendo el estudio «Menores y Violencia de Género», promovido por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género y realizado por la Unidad de Psicología Preventiva de la Universidad Complutense de Madrid, bajo la dirección de María José Díaz-Aguado. Se basa en entrevistas a 10.465 adolescentes de 14 a 18 años, 3.045 profesoras y profesores y 268 equipos directivos de 291 centros educativos.

Conviene ser precisa con lo que ese estudio mide: analiza la exposición a la violencia de género contra la madre, un fenómeno más amplio que la violencia vicaria en sentido estricto, en la que el agresor daña a las hijas e hijos con la finalidad de causar sufrimiento a la mujer. No son exactamente lo mismo, pero los datos describen el terreno en el que la violencia vicaria ocurre, y en España no existe todavía una estadística oficial que mida el fenómeno vicario de forma diferenciada. Esa carencia es, en sí misma, uno de los problemas.

Con esa cautela, tres cifras del estudio ordenan el resto:

  • El 24,7% de las y los adolescentes encuestados ha conocido alguna de las doce situaciones de violencia de género contra su madre por las que se pregunta.
  • El 77,15% de quienes estuvieron expuestos a esa violencia afirma haber sufrido maltrato directo por parte del hombre que maltrató a su madre.
  • Entre quienes dicen que se interpuso denuncia contra el padre, el 53,8% señala que se dictó una orden de alejamiento respecto de su madre, y solo el 16,3% una que les protegiera a ellas y ellos.

Ese último contraste resume el problema mejor que cualquier argumento: la protección se ha diseñado históricamente pensando en la mujer adulta, y la infancia ha quedado fuera del perímetro.

En la salud y en el cuerpo

El estudio agrupa a las y los adolescentes en tres niveles de exposición y compara sus indicadores de bienestar y desarrollo. El grupo con exposición más frecuente —el 6% de la muestra— es el que presenta peores resultados en el conjunto de indicadores evaluados.

Los dos grupos expuestos muestran más riesgo de problemas de salud física y psicológica y de consumo de fármacos —tranquilizantes y antidepresivos—, tabaco, alcohol, cannabis y otras drogas. En el caso de las chicas, la exposición máxima multiplica por 2,7 el riesgo de sufrir abuso sexual durante la infancia y la adolescencia frente a quienes no han vivido esa violencia.

Son datos duros. También son datos que explican por qué el acompañamiento psicológico especializado no es un extra, sino parte de la protección.

En el vínculo con la madre

Hay un daño específico de la violencia vicaria que las estadísticas captan mal: la erosión deliberada de la relación entre la madre y sus hijas e hijos.

El agresor que utiliza a la infancia para dañar necesita que esa infancia dude de su madre. De ahí los mensajes repetidos sobre ella, las promesas que se incumplen y luego se le atribuyen, el uso de las entregas y recogidas como escenario de conflicto. Cuando funciona, la niña o el niño acaba sosteniendo una lealtad imposible entre dos personas y cargando con una culpa que no le corresponde.

Describimos ese mecanismo en detalle en formas de violencia vicaria, y el efecto que produce en las madres en consecuencias en las madres.

En la vida cotidiana: escuela, sueño, amistades

Las consecuencias rara vez llegan al aula con una etiqueta. Llegan como cansancio, como una bajada de rendimiento que nadie relaciona con nada, como una niña que deja de traer amigas a casa o un adolescente que se vuelve inaccesible los días previos a una visita.

Por eso los indicadores que el profesorado puede observar —cambios sostenidos en el sueño, en la alimentación, en la concentración, en la relación con iguales— importan tanto: muchas veces el sistema educativo es el primero que puede ver algo, aunque no sepa cómo nombrarlo. El informe del Defensor del Pueblo «Violencia vicaria de género. Las otras víctimas» insiste precisamente en eso: formación especializada e indicadores propios para detectar.

El riesgo no es un destino

Esta es la parte que más nos importa, porque su ausencia hace daño.

El propio estudio advierte de que las diferencias entre grupos se basan en puntuaciones medias, y de que la exposición incrementa el riesgo pero no lo determina. Hay muchas y muchos adolescentes expuestos cuyo desarrollo no se vio afectado en los indicadores evaluados, y adolescentes no expuestos con puntuaciones bajas.

Sobre la llamada transmisión intergeneracional, el estudio es explícito: la reproducción de la violencia de una generación a la siguiente no es automática ni inevitable. Una amplia mayoría de quienes vivieron esa violencia no la reproduce ni la sufre en sus propias relaciones de pareja.

Decirlo importa. Muchas madres cargan con el miedo añadido de haber «marcado» a sus hijas e hijos, y muchos adolescentes crecen creyendo que llevan algo escrito. Ni una cosa ni la otra se sostienen en los datos.

Qué reduce el daño

Lo que la evidencia y la experiencia de acompañamiento señalan como protector no es espectacular:

  • Que se les escuche. Con su edad y madurez tenidas en cuenta, y no como testigos de un pleito.
  • Estabilidad y previsibilidad. Rutinas, un adulto de referencia fiable, saber qué va a pasar.
  • Que no se les haga responsables. Ni de proteger a su madre, ni de decidir sobre el contacto, ni de sostener el equilibrio familiar.
  • Apoyo especializado y sostenido, no una intervención puntual en el momento de la crisis.
  • Un entorno que sepa mirar: profesorado, pediatría, familia extensa. Qué puede hacer ese entorno está en qué puede hacer el entorno.

Lo que ya reconoce la ley

Desde 2015, la Ley Orgánica 1/2004 reconoce expresamente a las hijas y los hijos como víctimas de la violencia de género. La Ley Orgánica 8/2021 de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia amplió ese marco y previó, entre otras cosas, un Registro Central de Información sobre la Violencia Contra la Infancia.

El reconocimiento existe, por tanto, desde hace años. Lo que las organizaciones de infancia siguen señalando es la distancia entre ese reconocimiento y su aplicación efectiva, un debate que está hoy sobre la mesa del Congreso y que seguimos en las reacciones institucionales al proyecto de ley.

Si estás en esta situación

El 016 informa, asesora jurídicamente y presta atención psicosocial las 24 horas, es gratuito y no requiere denuncia previa. Ante peligro inmediato, el 112. Todos los canales están reunidos en ayuda y recursos, y el punto de partida para entender el patrón completo, en qué es la violencia vicaria.

Este contenido es divulgativo y no sustituye la valoración de profesionales de la salud mental ni la asistencia jurídica en un caso concreto.

Nuestro trabajo

Stop Violencia Vicaria acompaña a víctimas, investiga y trabaja para que la respuesta institucional mejore, con la protección de la infancia como eje. Que exista una estadística oficial que mida la violencia vicaria de forma diferenciada, y que niñas, niños y adolescentes sean tratados como víctimas directas y no como daño colateral, son dos de las demandas recogidas en el manifiesto de la asociación, impulsado desde la presidencia de Andrea Cabezas Mateos, jurista especializada en violencia de género, infancia y derechos humanos.

Esta información es general y divulgativa. No sustituye el asesoramiento jurídico, psicológico o sanitario profesional.

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