Infancia
SEÑALES DE MALESTAR EN NIÑOS Y NIÑAS EXPUESTOS A VIOLENCIA VICARIA
Qué se ve en un niño o una niña que vive violencia vicaria: los indicadores que usa el sistema sanitario, cómo mirarlos y qué hacer sin interrogarle.
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Revisado por Equipo editorial de Stop Violencia Vicaria — Revisión editorial ()
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Un niño que lleva tres meses sin dormir del tirón. Una niña de seis años que ha vuelto a mojar la cama. Un adolescente que se queda callado el domingo por la tarde, siempre el domingo por la tarde. Por separado, cada una de esas cosas puede no significar nada. Juntas, sostenidas en el tiempo y alrededor de unas fechas concretas, significan que conviene mirar.
Este artículo trata de eso: de lo que se ve en el niño o la niña, no de lo que hace el agresor. Son dos observaciones distintas y las dos hacen falta.
Lo que se ve en casa y lo que se ve en la criatura
Cuando hablamos de señales de violencia vicaria solemos describir conductas de la persona que daña: las amenazas de quitártelos, los tratamientos médicos interrumpidos, las entregas convertidas en escena. La Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género recoge esos signos en su información oficial sobre violencia vicaria, y son los que permiten nombrar el patrón.
Pero hay una segunda capa de señales que aparece en otro sitio: en el cuerpo, el sueño, el juego, el aula y el humor de la niña o el niño. Esa capa la ven personas que a menudo no saben nada del conflicto adulto —una abuela, una tutora, una pediatra— y es, muchas veces, lo primero que se ve de todo.
La diferencia importa porque cambia lo que hay que hacer. Ante la conducta del agresor, se documenta y se busca protección. Ante el malestar de la criatura, se observa, se acompaña y se comunica a quien tiene la competencia de valorar. Nunca se diagnostica desde casa.
Los indicadores que usa el sistema sanitario
No hay que inventarse una lista. Existe una oficial y lleva años en uso.
El Protocolo común para la actuación sanitaria ante la Violencia de Género, editado en 2012 por el entonces Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y acordado en la Comisión contra la Violencia de Género del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, incluye una tabla específica —la tabla 10, en su página 61— con los indicadores de sospecha en los hijos e hijas de mujeres que viven una relación de violencia de género. Es la herramienta con la que pediatría y medicina de familia se plantean que lo que tienen delante puede no ser un problema aislado de salud:
| Indicador de sospecha | Cómo suele aparecer |
|---|---|
| Daños o lesiones corporales | Lesiones sin explicación coherente o repetidas |
| Retraso del crecimiento o dificultades del desarrollo | Psicomotricidad, lenguaje, bajo rendimiento escolar |
| Enfermedades psicosomáticas de repetición | Dolores de cabeza o de barriga que vuelven sin causa orgánica |
| Trastornos del sueño y la alimentación | Insomnio, pesadillas, comer mucho menos o mucho más |
| Trastornos del control de esfínteres | Enuresis o encopresis, a veces después de haberlo superado |
| Accidentes frecuentes | Caídas y golpes que se repiten más de lo esperable |
| Trastornos del comportamiento | Irritabilidad, desobediencia sostenida, conducta impulsiva |
| Dificultades en las relaciones | Relaciones violentas con iguales, o inhibición y aislamiento |
| Depresión, ansiedad | Tristeza sostenida, miedo, alerta constante |
| Intentos de suicidio, autolesiones | Requiere atención especializada inmediata |
Conviene leer esa tabla como lo que es: indicadores de sospecha, no un diagnóstico ni una prueba. Ninguno de esos signos demuestra por sí solo que haya violencia, y todos pueden tener otras causas. Lo que hacen es abrir una pregunta que, sin ellos, nadie se habría hecho.
El propio protocolo añade algo que suele pasarse por alto: cuando una mujer está viviendo una relación de maltrato y tiene hijas e hijos en edad pediátrica, recomienda expresamente la coordinación entre medicina de familia y pediatría para valorar la repercusión en ellos. La valoración de la infancia no es un extra del caso de la madre; forma parte del caso.
Estar expuesto ya es sufrir violencia
Hay una idea que sigue circulando y que la normativa sanitaria más reciente descarta: la de que el niño que «solo» presencia está fuera del daño.
El Protocolo común de actuación sanitaria frente a la violencia en la infancia y la adolescencia, aprobado en diciembre de 2023 por la comisión correspondiente del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, sitúa la exposición a la violencia de género dentro del maltrato emocional o psicológico, junto a la implicación del niño o la niña en los conflictos entre las figuras parentales. Y lo dice con todas las letras: quienes presencian violencia entre otras personas, sobre todo si les une a ellas un vínculo afectivo, no deben ser consideradas solo testigos, sino también víctimas de violencia. En el caso de los hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género, añade, eso ya está recogido en la legislación vigente: la Ley Orgánica 1/2004 los reconoce expresamente como víctimas desde su reforma de 2015.
De ahí que los indicadores del maltrato emocional que ese protocolo enumera sirvan también aquí: tristeza sin otra causa aparente, desconfianza y apatía hacia la persona adulta, inhibición en el juego con otros niños, baja autoestima, carácter asustadizo, disminución de la capacidad de atención, retraso en el lenguaje o fracaso escolar, trastornos del sueño, de la alimentación o del control de esfínteres, conductas de autolesión.
Que sean víctimas directas —y no daño colateral de un conflicto adulto— es la base de todo lo demás. Lo desarrollamos en hijos e hijas como víctimas directas.
Mira el patrón, no el síntoma suelto
Un niño puede dormir mal porque está creciendo, porque ha cambiado de colegio o porque ha visto algo que le asustó en una pantalla. La señal rara vez está en el síntoma; está en su forma.
Tres preguntas ayudan a ordenar lo que se observa:
- ¿Ha cambiado? Lo que importa no es que un niño sea tímido, sino que haya dejado de ser sociable. No que duerma poco, sino que haya empezado a no dormir.
- ¿Se sostiene? Un mal mes no es un patrón. Semanas o meses seguidos, sí.
- ¿Aparece alrededor de algo? Aquí está la pregunta más útil en violencia vicaria. Si el malestar se concentra en los días previos a una visita, en las horas siguientes a una llamada, o cada vez que se acerca una entrega, el calendario está diciendo algo que el niño todavía no sabe decir.
Ese tercer patrón es característico. En la violencia vicaria el daño se ejerce a través del vínculo, y el vínculo tiene horarios: los de las comunicaciones y los del régimen de visitas. Qué puede valorarse en ese terreno y con qué límites lo explicamos en violencia vicaria y régimen de visitas.
Dos matices necesarios. El primero: que un niño esté nervioso antes de ver a su padre no demuestra, por sí solo, que exista violencia. El segundo: tampoco lo descarta que vuelva contento. La ambivalencia es normal cuando se quiere a alguien que hace daño, y pedirle coherencia a una criatura en esa posición es pedirle algo imposible.
Lo que no se ve porque nadie mira ahí
El estudio estatal «Menores y Violencia de Género», promovido por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género y realizado por la Universidad Complutense de Madrid con 10.465 adolescentes de 14 a 18 años, deja tres datos que explican por qué esperar a que lo cuenten no es una estrategia.
El primero: el 77,15 % de quienes estuvieron expuestos a la violencia de género contra su madre afirma haber sufrido maltrato directo del hombre que la maltrató. La exposición y el maltrato propio casi siempre viajan juntos. El detalle de ese daño está en consecuencias de la violencia vicaria en la infancia.
El segundo: entre quienes dicen que fue el padre quien maltrató a la madre, el 63,6 % responde que ese padre sigue conviviendo con ambos. Solo en el 16,4 % de los casos no hay ya relación alguna. La mayoría de estos niños y niñas no están en una situación pasada, sino en una situación en curso.
Y el tercero, el que más nos interesa como asociación: en el 11,5 % de los casos el niño o la niña se encuentra con ese padre, pero su madre ya no. El estudio señala expresamente que esa situación «puede suponer un especial riesgo». Es el punto ciego exacto de la violencia vicaria: la madre ha conseguido salir del contacto y la criatura sigue dentro, sin que ningún adulto vea lo que ocurre en esas horas.
Ahí el malestar del niño no es un indicio más. A veces es el único.
Escuchar sin convertirlo en un interrogatorio
Detectar una señal no autoriza a sacar un relato. Y un relato mal recogido puede dañar dos veces: a la criatura y al procedimiento que quizá la proteja después.
El protocolo sanitario de 2023 describe cómo se hace bien, y sus criterios sirven a cualquier adulto que acompaña:
- Crear un clima antes de preguntar nada. Acogida, preguntas generales y neutrales, lenguaje ajustado a su edad y a su grado de madurez.
- Preguntas abiertas, nunca cerradas. El protocolo advierte de que las preguntas cerradas o enjuiciadoras «pueden modificar su relato».
- Escuchar sin interpretar ni juzgar, dar credibilidad a lo que cuenta, agradecerle la valentía y trabajar contra la culpa. Es habitual que sus recuerdos y emociones lleguen fragmentados y desorganizados; eso no los hace falsos.
- No repetir. El documento insiste en evitar reiterar aspectos que no tengan que ver con el objetivo de la atención, porque la repetición «puede ocasionar artefactos en el testimonio», y ese testimonio es a veces la única prueba.
- Dejar que se exprese como pueda, incluso con dibujos, y cerrar la conversación de forma distendida, hablando de otra cosa.
El mismo criterio de fondo aparece en el protocolo de 2012: para identificar la exposición hay que garantizar a la niña o el niño un espacio donde sientan que pueden comunicarse y ser escuchados, en un entorno tan cálido y acogedor como sea posible.
Hay una última cosa, y viene del propio estudio con adolescentes: hablar con la madre sobre las situaciones de violencia que ella sufrió es reconocido por los propios menores como una de las principales ayudas para paliar el daño de la exposición. No se trata de darles explicaciones adultas ni detalles procesales. Se trata de que la realidad tenga nombre en casa y de que no carguen con la sospecha de que están locos. Cómo se sostiene esa escucha con garantías, en el derecho de niñas y niños a ser escuchados.
Ver una señal obliga a algo
Esto no es una recomendación: es una obligación legal, y mucha gente no sabe que le afecta.
El artículo 15 de la Ley Orgánica 8/2021 de protección integral a la infancia frente a la violencia establece que toda persona que advierta indicios de una situación de violencia sobre una persona menor de edad está obligada a comunicarlo de forma inmediata a la autoridad competente y, si los hechos pudieran ser delito, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, al Ministerio Fiscal o a la autoridad judicial.
El artículo 16 convierte ese deber en cualificado para quienes, por su cargo, profesión u oficio, tienen encomendada la asistencia, el cuidado, la enseñanza o la protección de niños, niñas y adolescentes: personal de centros sanitarios, de centros escolares, de centros deportivos y de ocio, de servicios sociales y de centros de protección. Deben comunicarlo de forma inmediata a los servicios sociales competentes y, si la salud o la seguridad de la criatura pudieran estar amenazadas, también a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad o al Ministerio Fiscal.
Dos consecuencias prácticas. Una: la ley pide comunicar indicios, no certezas; nadie tiene que haber probado nada antes de hablar. Y dos: el artículo 17 reconoce que los propios niños, niñas y adolescentes pueden comunicar la violencia por sí mismos, y obliga a las administraciones a mantener canales seguros, confidenciales y comprensibles para ellos.
Cinco cosas que conviene no hacer
- No convertir la señal en diagnóstico. «Tiene ansiedad porque su padre…» es una conclusión, y corresponde a profesionales de la salud mental y, en su caso, a un juzgado.
- No pedirle que elija ni que valore. Preguntar a un niño con quién quiere vivir, o si su padre es bueno o malo, le coloca en una posición que no le corresponde.
- No usarle como fuente de información sobre el otro adulto. Aunque la preocupación sea legítima, convierte la conversación en un encargo.
- No hablar del asunto delante de él como si no estuviera. Escucha más de lo que se supone, y casi siempre entiende menos de lo que oye.
- No esperar a tenerlo claro. El sistema está diseñado para valorar sospechas. Esa valoración no es tu trabajo.
Y una nota sobre lo que sí hace daño evitar: la señal detectada tarde no es culpa de la madre. Las mujeres que viven violencia vicaria están sosteniendo, a la vez, su propia seguridad, el procedimiento y la vida cotidiana de sus hijas e hijos. Que el entorno mire también es exactamente de lo que hablamos en qué puede hacer el entorno.
El riesgo aumenta, pero no decide
Importa decirlo porque su ausencia hace daño. El propio estudio estatal advierte de que la exposición incrementa el riesgo de que aparezcan estos problemas, pero no los determina. Hay muchos niños y niñas expuestos cuyo desarrollo no se vio afectado en los indicadores evaluados, y menores no expuestos con puntuaciones bajas.
Una señal, por tanto, no es una sentencia sobre el futuro de nadie. Es una petición de atención que llega en el único idioma disponible.
Si reconoces algo de esto
Anota lo que observas con fecha: qué ocurre, cuánto dura, cuándo aparece. No para acusar a nadie, sino porque un registro sostenido en el tiempo vale mucho más que un recuerdo ante una profesional de pediatría o de servicios sociales.
Consulta con pediatría, con la tutoría del centro educativo o con los servicios sociales de tu municipio. Si la situación afecta a una mujer que vive violencia de género, el 016 informa, asesora jurídicamente y presta atención psicosocial las 24 horas, es gratuito, confidencial, no deja rastro en la factura y no exige denuncia previa; también atiende por WhatsApp en el 600 000 016. Ante un peligro inmediato, el 112. Todos los canales están reunidos en ayuda y recursos.
Este contenido es divulgativo. No sustituye la valoración de profesionales de la salud, la intervención de los servicios de protección ni el asesoramiento jurídico sobre un caso concreto.
Nuestro trabajo
Stop Violencia Vicaria es una asociación especializada en violencia de género vicaria. Acompañamos a víctimas, investigamos y trasladamos a las instituciones los huecos que encontramos por el camino. Este es uno de ellos: España tiene indicadores sanitarios de sospecha para los hijos e hijas de mujeres maltratadas desde 2012 y un protocolo de infancia actualizado en 2023, pero la formación específica llega de forma desigual a las aulas, las consultas y los servicios donde esas señales se ven primero. Detectar antes es proteger antes.
Que la infancia sea tratada como víctima directa, con indicadores propios y profesionales formados para leerlos, es una de las demandas del manifiesto de la asociación, impulsado desde la presidencia de Andrea Cabezas Mateos, abogada especializada en violencia de género, infancia y derechos humanos.
Esta información es general y divulgativa. No sustituye el asesoramiento jurídico, psicológico o sanitario profesional.
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